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La emoción puede llegar a desbordarse cuando estamos de vacaciones, donde solemos llenarnos de alcohol y olvidarnos de que en esta vida existe el karma, mejor conocido como cruda moral, lo que podría traernos consecuencias al volver a nuestra rutina. Por eso lo que pasa en las vacaciones, se queda en las vacaciones. Digo, para evitar cualquier tipo de problemas, como el que sucedió con un compañero.

Un grupo de amigos y yo nos fuimos a una playa para vacacionar, donde bebimos litros y litros de alcohol, nos reímos como nunca y nos atrevimos a hacer cosas que nunca antes habíamos hecho. Juan, como le diremos a mi compañero en este breve relato, tenía una mejor amiga llamada Laura, quien incluso era amiga de la novia de Juan, quien no nos acompañó en este viaje. Pues entre el calor de la playa y de las bebidas embriagantes, comenzaron a surgir cosas entre ambos y en lugar de detenerse a pensar en las consecuencias, se dejaron llevar por la emoción.

Consumaron su amor con besos, abrazos y caricias, dormían en el mismo cuarto y sabe Dios lo que hacían por las noches. Pero es de imaginarse. Se veían felices hasta que abordamos el avión de regreso a México, donde sus rostros de felicidad cambiaron a preocupación. No sabían que hacer.

Laura se sintió mal y decidió confesárselo a la novia de Juan, quien había acordado mantenerlo en secreto y que sólo fue cosa de unas acaloradas vacaciones, pero ella cedió ante su conciencia. Lo que propició que terminara la relación, pues no soportó el engaño. Mi compañero le dolió la ruptura pero creyó que Laura lo había hecho para que ellos dos pudieran estar juntos, pero no fue así, ella simplemente no quería cargar con eso en su alama y se quedó como el perro de las dos tortas.

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